06 noviembre 2016

Comentario crítico a "Nazario. La vida cotidiana del dibujante underground"


NAZARIO. LA VIDA COTIDIANA DEL DIBUJANTE UNDERGROUND.

(Comentario crítico a la biografía editada por Anagrama.)

 

            La figura de Nazario es fundamental en la contracultura española, durante la época de la Transición y los años 80 a 90. El descubrimiento de su obra en mi caso vino en el año 1977de la mano de “El Víbora”, cómix para supervivientes, como así rezaban sus portadas, y su personaje más emblemático entonces, Anarcoma, un detective mezcla de travesti y Humphrey Bogart, que buceaba por el submundo gay y mostraba al público una realidad oculta. Y ciertamente yo era un superviviente en una época tan hostil como la del posfranquismo donde los disidentes respirábamos el aire fresco y liberador de los libros, cómics, películas, clubs de ambiente y de modernos, filmoteca, museos y otros espacios y lugares en los que descubríamos la auténtica vida y la libertad más allá del ambiente opresivo y la carcundia que invadía prácticamente todo el espacio social que nos rodeaba.
            Leer la biografía de Nazario Luque , publicada por Anagrama (Nazario. La vida cotidiana del dibujante underground), ha sido una experiencia mucho más que placentera y enriquecedora: ha sido una revelación, un fresco certero y testimonial de tres décadas fundamentales en la historia española, los años 70, 80 y 90. Además, estas memorias son una vindicación de Barcelona como eje cultural frente a Madrid en los años de la transición, cosa que yo, como madrileño, desconocía, puesto que los mass media han transmitido la idea de que la Movida madrileña de los 80 fue la que inauguró la modernidad en España, cosa absolutamente falsa, porque antes estuvieron los jóvenes hippies contraculturales en los 60 en Ibiza y Almería, y en los 70 sobre todo en Barcelona (por no hablar de los 50 en Mojácar e Ibiza, auténticos pioneros en acoger los primeros beatniks, intelectuales y artistas extranjeros en nuestro país). Y la influencia de la Barcelona libertaria y contracultural de los 70 en el tejido social español fue incuestionable, aunque soslayada por los medios.
Escrita de una forma anárquica, desordenada, con saltos en el tiempo hacia delante y atrás, conducida por tenues hilos conductores, pero fundamentalmente guiada por la emoción y su impronta en el narrador, esta autobiografía recrea la vida de una generación de personas auténticamente libres, inconformistas, que se atrevieron a romper con todas las normas sociales en medio del tardofranquismo, sin miedo alguno a las fuerzas vivas del orden, no sólo familiares y policiales, sino fundamentalmente sociales, absolutamente contracorriente. En muchos aspectos me ha recordado a “El peso de la paja”,  las memorias de Terenci Moix publicadas en 3 volúmenes, donde recorre los hitos culturales, artísticos y sentimentales, de la España de la posguerra, los años 60, la Transición y la modernidad. La diferencia con esta vida cotidiana de Nazario es, por un lado, el rigor literario con que Terenci escribió sus crónicas, y por otro el objetivo de ambas. Terenci Moix fue un importante intelectual y escritor español gay –intelectuala, diría Nazario-, que analiza todo a su alrededor mientras el amor y el sexo se le escapan: su obra nos llega mediante el pensamiento, el análisis y la reflexión. Y Nazario es un dibujante, pintor y escritor, libertario y más próximo al ambiente canalla, que se sumerge sin ambages en la vida apurando valientemente la copa del placer y el sufrimiento: su obra se dirige más al corazón y a las tripas del lector. Lo que en Terenci Moix es observación teórica y distante, temerosa, en Nazario es sexo, embriaguez y drogas, puro antiautoritarismo y rebeldía. De todos modos, en estas crónicas los defectos de estilo y la escritura anárquica se disculpan en aras de una inmediatez comunicativa y emocional que nos llega directamente del texto al corazón.
            Asistimos así al exilio del artista de Sevilla a Barcelona en el año 1972, en busca –como tantos gays y lesbianas- de la libertad que una gran ciudad como aquella entonces podía darle (por cierto, de este exilio poco se habla, pero es al que habitualmente se ven forzados tantos jóvenes LGTB desde las pequeñas poblaciones hacia las grandes ciudades, eso no ha cambiado). Pero Nazario era alguien más que un maricón –él gusta de los términos queer, no de lo políticamente correcto-, era un artista dispuesto a vivir del arte y la creación. Tras abandonar un respetable puesto de maestro funcionario en un colegio de las afueras –para alivio de su director y decepción de unos alumnos que le adoraban y a los que enseñaba, en vez de dibujo, el uso del preservativo y hablaba sin tapujos de sexo con ellos-, aterriza en un apartamento humilde de la calle Comercio y finalmente de la Plaza Real, junto a las Ramblas y el barrio chino, epicentro de putas, maricas, rateros y delincuentes, y por supuesto, los y las artistas. Como buen charnego, su relación con la zona alta y pudiente de la Barcelona es casi nula, aunque ocasionalmente, a lo largo del tiempo, viene de la mano de los hijos díscolos de esos burgueses, amigos artistas y admiradores que más adelante serían auténticos personajes de la cultura barcelonesa: Javier Mariscal, Ceesepé, Pilar Tomás, Marta Sentís, Miquel Barceló, Pepichek, Montesol, Miguel Farriol, Max, Onliyú, Alberto Cardín, Eduardo Haro Ibars, con toda su cohorte de novios y novias, y músicos como Imán, Lluis Llach o Pau Riba. Y del lado canalla, sobre todo Ocaña, madame Ocaña –un mítico transformista, parte esencial de los barrios bajos barceloneses y las Ramblas, que fue personaje muy querido y popular durante los 70 y 80-, su comparsa Camilo, y el novio –más tarde marido- de Nazario, su inseparable Alejandro.
            Un episodio memorable es la detención de Ocaña, Camilo y Nazario travestidos en la primera manifestación gay de España, ilegal, celebrada en Barcelona, en 1977, y su encarcelamiento en la Modelo de Barcelona, en aplicación de la Ley de peligrosidad social, donde pasaron una semana y tuvieron una relación más que cálida con los presos, y donde también tuvieron contacto con la coordinadora COPEL que luchaba por la amnistía general, no sólo de los presos políticos sino también de los comunes. A su salida de la cárcel fueron recibidos como héroes por los colectivos libertarios y gays (la izquierda en general no apoyaba las vindicaciones gays, sólo los libertarios y los trotskistas lo hacían entonces). La noticia se divulgó por todo el país, y fue un hito en la lucha por las libertades generales democráticas.
            El libro no hace concesión alguna a la censura, ni a los claroscuros de una vida íntegramente dedicada al arte y la absoluta libertad, rechazando de plano y de lleno una vida “normal” dedicada al dinero y la prostitución existencial y moral como hace el común de la mayoría, que disfruta de vidas “ordenadas” y profundamente mezquinas. Describe el hambre, la casi indigencia, que pasó durante sus primeros años en Barcelona, hasta que logró vivir mínimamente de su trabajo artístico. Navega por el alcoholismo, las drogas y el sexo desaforado. Cuenta la vida anárquica y sin embargo enormemente solidaria de las comunas tan en boga en los años 70, donde el alojamiento, la comida, el cuidado de los hijos, el dinero y la ayuda se proporcionaban unos a otros desinteresadamente, sin ningún tipo de contraprestación, y gracias también a la generosidad de esos enfants terribles de la burguesía catalana que acompañaban a los outsiders como Nazario y Ocaña. También nos habla de los hitos creativos y artísticos que marcaron la época de la Barcelona preolímpica, y que ellos fundaron. También cuenta sus relaciones con las mujeres, amistosas y sexuales, pues en los 70 y los primeros 80, los progres y los hippies abrazaban sin complejos, generalmente, la bisexualidad ocasional, tanto homos y lesbianas como los heteros, era algo muy habitual. También describe lúcida y terriblemente el infierno de la heroína en que cayeron muchos y muchas de sus amigos y amigas, sobre todo del círculo de los hijos díscolos de los burgueses, y cómo la epidemia del SIDA, que entonces comenzó a propagarse, diezmó en poco más de una década a toda una generación de la que tanto Nazario como su novio se libraron por ser conscientes desde un principio y de forma militante del uso del preservativo. Por cierto, describe sin tapujos el libertinaje sexual y emotivo que también practicaban desaforadamente todos sus amigos del mundo hetero –no solamente eran los maricones los señalados por las mentes bienpensantes-. Y finalmente, la entrada oficiosa en la especulación urbanística, la corrupción política y la gentrificación que cambió el centro de Barcelona con las Olimpiadas en los 90, expulsando definitivamente a los artistas, los pobres, los inmigrantes y los progres hippies de las comunas, excepto a los que, como Nazario, pudieron comprar los pisos donde vivían de un modo u otro pagando precios exorbitantes. Hasta llegar al presente, como un auténtico superviviente, tras haber vivido con plena libertad y desarrollar una obra enormemente creativa e influyente para toda una generación. Vida ejemplar, también, en muchos aspectos, por su carácter transgresor, por haber sido dueño de su tiempo, por haber desarrollado una misión artística, y por no haber pagado el peaje de lo convencional, tan destructivo y cruel a medio y largo plazo, como el común de los honrados ciudadanos. Afortunadamente, Nazario ha recibido algunos premios y reconocimiento a su labor artística, tanto en Barcelona como en Sevilla, y en su localidad natal. Es lo mínimo, en un país como el nuestro que maltrata tanto a sus artistas, y a los que no apoya económicamente en absoluto para el desarrollo de su trabajo o para una mínima y digna supervivencia, pero cuyos representantes se vanaglorian cínicamente de decir que apoyan e impulsan la cultura.
            Laureado seas, Nazario Luque, como los jóvenes héroes griegos: la vida era esto pues, mereció la pena.


© José María Herranz Contreras

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